Resulta curioso —y hasta cierto punto inevitable— que los psicólogos necesiten hablar de sus pacientes. No por ligereza. No por indiscreción. Por saturación.
Porque, si uno lo piensa con detenimiento, no debe ser sencillo cargar todos los días con versiones incompletas de otras vidas. Versiones filtradas desde el origen: lo que el paciente decide contar… y, más importante aún, lo que decide omitir.
Yo tengo una amiga que, a veces recurre a mí. Le resulta cómodo hablar con alguien que no intenta corregirla. Yo cuando mucho, juzgo… pero en silencio.
Ayer vino temprano. Me habló de un paciente. Un hombre de nuestra edad, que trabaja mucho —eso fue lo primero que dijo—. Y suele ser lo primero que se dice cuando se quiere justificar algo. Es como si su explicación inicial llevara implícita un “pero”.
—Trabaja mucho. Pero no desde la disciplina. Desde el miedo. Miedo a no ser suficiente. Ese tipo de miedo que no se nota. Porque, cuando alguien logra ocultarlo bien, deja de parecer miedo y empieza a parecer carácter. Ha construido una versión de sí mismo que funciona. Que resuelve. Que sostiene. Que aparenta estabilidad frente a su familia. Pero no es real. Es una estructura.
—El problema —según entendí— no es que falle.
—El problema es que falla en silencio… y luego tiene que compensarlo en público. Tiene hijos. Y ahí es donde todo cambia.
—Pero bueno: no puede ser un problema el que trabaje mucho, ¿cuál es el tema en realidad? —le pregunté—.
Me empezó a contar a detalle la historia de aquella pareja, y me explicó que mas de diez años de matrimonio, y otros diez al menos de noviazgo antes, los habían llevado a lugares y momentos donde ambos se lesionaron por una serie de conductas que, según mi amiga, estaban plenamente justificadas por que su corteza prefrontal, —de su paciente—, no había alcanzado la madurez en aquel tiempo, y de por sí era un tipo complicado.
Ella por su parte, —la esposa— una mujer un papel de victima bien arraigado que, como parte de un cliché, llevaba puntual recuento de cada una de las fallas de su esposo, desde el día uno. Llevaba según me cuenta: una bitácora muy puntual que le servía de argumento —o arma según entiendo—, cada que había una discusión.
El problema, —que yo percibía, y mi amiga no—, es que de toda la lista de patanadas que me platicó de aquel sujeto, no se armaba una sola causa de divorcio —aunque ya no existan causales—. Es decir, eran tonterías muy infantiles, no había una causa de agravio patente real, eran discusiones bizantinas todas.
Mientras yo elaboraba mi teoría respecto de cual pudiera ser su problema, mi amiga, me regresó a la conversación:
Supongo que algo me perdí, por que continuó:
—… Porque hay hombres que no aman a su pareja, pero aman profundamente a sus hijos. Y eso los vuelve peligrosamente capaces de soportar cosas que, en otro contexto, no tolerarían ni un día.
Su esposa, por otro lado, no ha soltado nada.
—¿Nada? —pregunté fingiendo que no me había perdido algo mientras reflexionaba—.
—Veinte años de relación acumulados como si fueran evidencia en un expediente que nunca se cierra. Y ese es otro problema: cuando alguien decide no olvidar, en realidad lo que está decidiendo es no salir nunca del mismo momento. Él se equivocó mucho. Eso es cierto. Pero no desde la maldad. Desde la inmadurez. Desde ese punto en la vida en el que uno ya tiene responsabilidades… pero todavía no tiene la cabeza terminada de formar.
A mí me resultò particularmente conveniente —y hasta cierto punto sospechoso— que ese argumento aparezca ahora, cuando las consecuencias ya están encima. La ignorancia, en cualquier sistema que funcione, no exime de responsabilidad. Pero no lo dije. No estábamos en un juicio. O al menos no uno formal.
—El problema actual —si es que se le puede llamar así— es que se separan constantemente. No de forma definitiva. No con esa claridad que exige una ruptura real. Se separan como quien se aleja a tomar aire. Cada vez que discuten fuerte, él se va destruido. Literalmente. Camina hacia la puerta como si algo en él se estuviera desarmando.
Pero al día siguiente…
—cambia —me adelanté a su respuesta—.
—Hace ejercicio. Come mejor. Se organiza. Se disciplina. Recupera, en cuestión de horas, una versión de sí mismo que parecería incompatible con la del día anterior. Y lo interesante —lo verdaderamente interesante— es que ella también mejora. Se calma. Deja de reclamar. Funciona. Ambos, separados, funcionan.
— ¿juntos…? —pregunté—
—no.
Ahí fue donde dejé de escucharla nuevamente, y empecé a ordenar.
No porque lo que dijera no fuera importante, sino porque ya había suficiente información.
—Cuando regresan, todo se vuelve a romper —dije reactivando la conversación—.
—Pero no. No se rompe. Se expone. Eso es distinto. Separados, cada uno puede sostener su versión funcional. Él deja de ser insuficiente porque nadie se lo recuerda. Ella deja de resentir porque no tiene el estímulo constante.
—Juntos, en cambio, no tienen dónde esconderse.
—Él frente a la única persona que conoce todas sus fallas. Ella frente al único hombre que representa todo lo que no ha podido perdonar.
—No es convivencia. Es exposición constante. Y eso, si se prolonga lo suficiente, desgasta más que cualquier conflicto.
— La paradoja de Hancock. —dije como el niño que contesta: cuatro, cuando su maestra de primaria le pregunta cuanto es dos más dos—
Estaba convencido de haberle dado un giro monumental a la psicología clínica desde mi limitado —dicho, por supuesto, sin ninguna intención de ser humilde— enfoque, porque para mí era clarísimo.
Ella juntó las cejas frente a mi confirmando mi descubrimiento —así lo interpreté—, haciendo mas pequeños los ojos y ladeando la cabeza hacia su costado derecho.
Silencio largo.
—Entre más cerca están… más pierden lo que los mantiene en pie.
Continué con la exposición de mi teoría que ahora me tenia mas fascinado que a ella.
—No es que se destruyan. —dije con plena seguridad—. Es que dejan de poder sostener la versión de sí mismos que construyeron para sobrevivir.
Y eso —aunque suene exagerado— no es un problema de pareja.
Es un problema de identidad.
Su expresión se mantuvo durante mi ponencia, pero cambió un poco al final, cuando estrechó sus labio rumbo a su nariz, y levanto solo un poco, una de sus cejas.
Terminamos el café en silencio.
No resolví su problema obviamente, no es ese mi papel, por supuesto que quedó descartado un diagnóstico tan poco profesional y ambiguo, pero me queda claro que equivocado totalmente no estaba, —me refiero al enfoque—.
Hay personas que no pueden vivir con alguien que las conoce de verdad.
No porque no quieran, sino porque, cuando alguien las ve sin la versión que inventaron… quedan expuestas y ya no pueden sostenerse.
Un hombre, esta frente a la persona que conoce sus errores mas profundos, todas sus debilidades, se vuelve automáticamente vulnerable, y eso es lo menos atractivo que existe entre las parejas.
Una mujer que se encuentra en constante exposición a lo que ella considera ser lo que mas la ha dañado en su vida.
Entonces las experiencias positivas forman un pegamento muy curioso:
Están juntos por que se aman, lo suficiente para soportarse. Pero no se soportan por que se lastimaron lo suficiente como para odiarse. Se odian, pero no tanto como para separarse. Permanecen juntos, pero no tanto como para ser felices. Al final, ya no se provocan amor ni odio.
Solo debilidad.
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