Crecimos en una ciudad que todavía permitía caminar de noche sin mirar hacia atrás, cuando la violencia era una noticia lejana. Compartimos la infancia como se comparten los juegos, las calles, las primeras derrotas.
Durante años nuestras vidas avanzaron en paralelo. No en el mismo lugar, pero sí con la misma inercia. Había entre nosotros una lealtad implícita, de esas que no necesitan explicarse porque se dan por hechas.
Hasta que la ciudad cambió. No fue de golpe: primero fueron rumores; luego, nombres que nadie pronunciaba en voz alta; después, los silencios; y finalmente, la certeza: un cártel había entrado, y con él, una forma distinta de entender la vida… y la muerte.
Las pandillas locales —como la nuestra— dejaron de ser un juego de adolescentes. Las fronteras invisibles se volvieron reales, y las decisiones comenzaron a tener consecuencias que ya no se podían deshacer.
Julio se volvió distante. Supimos que ya estaba metido, porque de repente aparecía con dinero, ropa nueva, con un tipo de poder que antes no tenía. Para ellos, las pandillas dejaron de existir como antes: un enemigo podía convertirse en aliado si servía al mismo cartel. La lealtad ya no era de barrio, era de estructura.
Jaime, —otro conocido en común— estaba en lo mismo: dinero, seguridad, prepotencia. El mismo brillo, pero en otro lado del tablero.
Los que nos quedamos abajo —en las pandillas— nos volvimos irrelevantes: a veces útiles, a veces estorbos, a veces carne de cañón.
Me invitaron varias veces a subir ese escalón.
No quise. Tal vez por intuición, prudencia, o simple cobardía.
Ellos nunca fueron tan cercanos, se conocían, pero orbitaban en el mismo círculo, como esos satélites que tarde o temprano terminan cruzándose. El juego de las pandillas —porque en ese momento todavía parecía un juego— nos había mezclado.
Podría llamarlos amigos. Esa es la parte que después no se puede acomodar en ningún lado.
Varias veces me había invitado Julio, y yo permanecía indeciso, hasta que un día su invitación se transformó en un reto:
—Vamos a matar a alguien.
Estaba drogado. Las sustancias me habían limado los bordes a la conciencia. La idea no me pareció monstruosa, sino posible.
Acepté, como cuando acepté un cigarro, una cerveza, una pipa.
Sin saber realmente qué estaba aceptando.
Estábamos en una fiesta: música alta, risas huecas, miradas que evitaban profundizar demasiado.
Salimos. Yo quería más datos; habiendo aceptado al vapor, tal vez intentaba convencerme a mí mismo y quise preguntar, pero sin hacerle sentir que me estaba arrepintiendo.
Parados afuera de la fiesta, sin decir palabra, solo levantando la cabeza sosteniéndole la mirada.
—A Jaime —dijo Julio—. No me puede estar brincando ese pendejo. Es él o yo.
No hice más preguntas. Me había dado cuenta que en la fiesta habíamos coincidido, y el ambiente se había vuelto incómodo. Era claro que había un problema entre ellos.
Me explicó el plan como si fuera cualquier otra cosa:
—Vamos a su casa. Tú te quedas afuera. Yo entro.
Asentí. Las cejas se empezaron a juntar queriendo hacer una sola; Era mi forma de decir, que había entrado en una modalidad de vigilancia que mantuve todo el tiempo en adelante.
La casa estaba en una calle cualquiera. La reja era baja, ridículamente baja; podías brincar la cochera sin esfuerzo.
Me quedé afuera, vigilando.
Escuché cosas romperse: un forcejeo, un grito que no terminó de nacer. Sentí miedo… pero no entendí, o no quise entender.
Julio salió empapado en sangre.
—¿Estás bien?
—No es mía.
Y eso bastó.
La noche siguió, como si nada hubiera pasado. En aquella época las fiestas terminaban en amanecer. Siempre.
Desperté con la cabeza destrozada, el cuerpo pesado, esa sensación que deja una noche de consumo. Tomé el celular. Y las redes me mostraron tonterías, y una noticia:
El titular: Una mujer degollada.
Y entonces el frío que no te cambia la temperatura, solo lo sientes de la nuca hacia la espalda baja.
No era el acto. Era la víctima.
El nombre me atravesó. Lo reconocí de inmediato.
No era “alguien”. No era Jaime. Era su madre.
Llamé a Julio:
—¿Cómo que su mamá, hijo de tu puta madre? Eso no me dijiste.
Guardó silencio.
Y en ese silencio entendí que ya no era el mismo.
No es que matar a Jaime estuviera bien. Es que eso… era otra cosa.
Los días siguientes, la ciudad entera hablaba de lo mismo.
Dos días más adelante, me lo encontré.
A Jaime.
Me saludó como siempre.
—¿Supiste?
Asentí. No pude hacer otra cosa.
—Fue a mi mamá…
Bajé la mirada. Esa frase no se me ha borrado. Ni la forma en que la dijo, haciendo esfuerzo —inútil— por no romperse.
Yo lo escuchaba, asentía, fingía, decía cosas que debieron sonar a consuelo. Lo miraba a los ojos… sabiendo.
Él no.
Nunca.
Nunca supo.
Hablamos varias veces después. Tal vez porque la vida tiene esa forma de obligarte a quedarte donde más duele. Sentados en la sala de una casa abandonada, compartiendo una pipa de cristal, me contaba de la investigación, —judicial y extrajudicial—, de las sospechas, de los nombres que empezaban a circular.
Entre ellos, el de Julio.
—Ese cabrón fue —me dijo una vez—. Estoy seguro.
Yo no dije nada. Guardé silencio mientras él armaba su dolor con piezas incompletas.
Todas las ocasiones que platicamos, temía por mi madre, aunque no estuviera ahí, aunque estuviera lejos. El miedo no entiende de lógica; sentía que podría estar en peligro, por mi culpa.
A los pocos días llamé a Julio, porque su nombre ya sonaba incluso en otros círculos.
—Te están buscando.
—No pasa nada. Ya está arreglado.
Yo sabía que no lo estaba, pero no tenía sentido hablar más.
A las nueve de la mañana, otro amigo —Héctor—, me llamó.
—Lo mataron.
No quise saber cómo; tenía el miedo que se siente esas ocasiones, cuando aún con resaca recibes la llamada de un amigo que te pregunta: ¿te acuerdas lo que hiciste ayer? Tenía miedo de saber, que lo habían interrogado, torturado, que le hubieran hecho confesar el nombre de su cómplice, y que obviamente seguía yo, o mucho peor: Mi madre.
Durante algunos meses continué haciendo lo mismo de todos los días, para no hacerme del delito. Compartí la pipa varias veces más con Jaime, quien, sin remordimiento, —lo que entiendo plenamente—, me dio detalles de la ejecución.
Meses después, hui del estado: a varios lugares, a trabajos informales; de las redes sociales; de mi inclusive.
Pero la conciencia no entiende de argumentos. Entiende de imágenes, y de escenas que regresan una y otra vez.
Él, frente a mí, diciendo:
—Fue a mi mamá…
Y yo… asintiendo, como si no supiera, como si no hubiera estado ahí.
Años después dejé todo: la droga, el alcohol, el cigarro. Intenté salvar vidas, —empezando por la mía—, equilibrar algo, lo que fuera.
Pero hay cosas que no se pagan. Solo se arrastran. Porque al final, lo que me persigue no es que alguien toque mi puerta.
Es algo peor.
La certeza de que aquella noche, mientras vigilaba la calle… no estaba cuidando que nadie nos viera. Me estaba asegurando… de que nadie saliera.
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