Todavía eres pequeña y el mundo se te antoja inmenso, casi inabarcable. Te maravillas con lo que yo ya dejé de mirar cuando empecé a olvidar que, alguna vez, también fui niño.
Quisiera que seas consciente de que siempre tendrás en mí un refugio: no perfecto, pero verdadero.
No podré evitar que tropieces ni que la vida te hiera, pero estaré ahí cada vez que necesites volver a recomponerte, aun cuando empieces a sentir que todos, incluso yo, son enemigos.
No tengo todas las respuestas —ni las tendré—, pero siempre estaré para escucharte, para entenderte más allá de las palabras, para sostenerte incluso cuando sientas que el mundo te queda grande.
A veces fallaré, lo sé. Porque ya lo he hecho.
Otras, guardaré silencio, porque la vida también se aprende en el ruido del propio pensamiento.
Pero si algo quiero que te quede grabado, es esto:
Papá no fue perfecto, aunque en cada gesto, en cada intento torpe, puso el corazón entero.
Y cuando llegue el día en que tu adolescencia me transforme en tu enemigo, recuerda esto:
No debes sentir culpa por ya no desear estar conmigo como cuando aún cabías en mis brazos.
No debes sentir pena por hallarte más a gusto conversando con cualquier persona que no sea yo.
No debes preocuparte por sentir que la admiración se ha transformado en rechazo, que simplemente he perdido la influencia que un día tuve sobre ti.
Eso, amor mío, es tan natural como la vida. Yo lo supe desde la última vez que pude cargarte en mis brazos para arrullarte, la última vez que te bañé en la regadera, la última vez que me pediste un cuento.
Así tengas cuarenta años, vida mía,
siempre serás la primera princesa de papá.
Y papá no está triste; papá está feliz de ver crecer a su bebé.
R.A.V. 04.10.2025
Añadir comentario
Comentarios